El resto es humo.

Ellos simplemente fueron. 
Fueron la necesidad de tocarse y aprenderse cada milímetro de piel. Fueron una infinidad de abrazos largos cuidándose los sueños, rompiéndose los miedos. Fueron silencios de complicidad que calaban todos y cada uno de mis huesos. Fueron la vida bailándose a besos. Fueron presente y futuro.  Fueron un balcón al sol de Enero en Carrer de Mallorca.  Fueron decisiones, aroma y hormonas. Fueron carreteras sin asfalto, precipicio y mar en calma. Fueron abrigo de tanto encontrarse la risa. Fueron una misma dirección. Fueron una suavidad en el aire que a mi me dejaba sin aliento. Fueron y son aquello único y capaz de salvar el mundo. 

AMOR.

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Fotografiando para Clara Brea Design & Puntulina Tocados

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Creo que este es uno de esos casos en los que una imagen vale más que mil palabras.
No puedo hablaros de lo que hace cada una de ellas porque es algo que salta a la vista. Lo que sí puedo contaros es que detrás de lo que veis, hay dos corazones inmensos llenísimos de ilusión, mimo, amor y delicadeza en absolutamente todo lo que hacen. Y si hay algo que para mi es esencial es que la persona con la que vayas a trabajar, la persona a quien le confíes un día tan increíblemente bonito, sea una de esas personas que aparecen en tu vida atrapándote desde el minuto uno. Que cuidan y miman cada detalle con una intensidad y emoción que te pone los pelos de punta. 

Esta sesión  de fotos ha sido un regalo. Un regalo de octubre a pleno sol en Madrid y trabajando con personas súper bonitas que lo que imaginan, lo que tocan, se hace arte. 
 
















 

Vestidos: Clara Brea Design
Tocados: Puntulina
Modelo: Mónica Camacho
Modelo: Sheyla Shima
Make up: Mar Armengol

Welcome to Martinaland






MARINA ME HABÍA ESCRITO DESDE CÁDIZ. 

TENÍA QUE HACER ESTA SESIÓN.

HABÍA MAR, ARENA Y OLAS EN SUS PALABRAS. 

Y TAMBIÉN HABÍA ABRAZOS,

ABRAZOS DE ESOS QUE PARECEN ROMPER TODOS

Y CADA UNO DE TUS MIEDOS. 

Y ENTONCES ME HABLÓ DE ELLA,

DE ELLA Y

DE UN MUNDO QUE,

A SUS CUATRO PRIMAVERAS,

HIZO DE TODAS MIS FOTOS

SU PROPIO VIENTO. 

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Nico from Melbourne

Hay niños que son espíritus libres. Que basta un ratito con ellos para darte cuenta de que llevan en la piel toda la inmensidad del mar. Que son viento y fuerza. 
Y su alma y todo él es reflejo y esencia de dos que vuelan y sueñan alto.  

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Persiguiendo a Silvia

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Nacho y Marta. Lo que no cabe en la piel.

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Siempre he creído que el amor de hermanos es uno de los más bonitos y fuertes que puede existir. 
Que existe una complicidad que no sabría explicaros con palabras. Calma y raíz. Refugio y calor. Ese sitio al que volver una y otra vez. HOGAR

Nacho y Marta -y los demás- son un ejemplo de ello. Un ejemplo que a mi me enamoró desde el primer instante que los vi. Una forma de quererse, de cuidarse y de entregarse todos con todos que a mi me deja sin aire. Son la certeza de lo que nunca cambiará. Y son lección. Y no les hables de distancia, que os puedo asegurar que en esos corazones no existen ni mares, ni kilómetros, ni nubes que separan. 

Ellos cantan en su balcón y se cuidan, en silencio, la vida.

Y fotografiarles
es plasmar y contar un amor
que no cabe en la piel. 
 

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La historia de María.

El día que conocí a María me abrazó. Me abrazó de una forma que a día de hoy no sabría explicaros. El suyo fue un abrazo que jamás podré sacarme de la piel. No sabría explicaros el por qué ni el cómo fue. El caso es que en ese abrazo nos estábamos viendo por primera vez. Y han pasado diez años ya. 

Ella era la madre de una amiga. Una amiga que había conocido en un viaje de tres semanas en otro mar, lejos de casa. Nos quisimos y nos cuidamos la vida en aquel lugar. Me había hablado de sus padres y supongo que a ellos les había hablado de mi.  Me gustaban los petit suisse, les dijo. Sea como sea, aquel día, nada más llamar a su puerta, María me abrazó como nunca nadie lo había hecho. 

Y el caso es que la historia de María tiene que ser contada. Tiene que conocerse y compartirse. Porque creo que, su vida, puede ayudar a muchísima gente que viva una situación parecida. Arrojar una marea de luz,  y esperanza. 

María tenía una mirada triste. Demasiado triste. Una mirada que a veces llegaba a dolerte. Ojalá pudiese cambiar su mundo, pensaba. Se había quedado embarazada cuando todavía era una niña. 18 años. Entre ella y su marido consiguieron construir una de las casitas más bonitas que he visto. Y dieron a luz a una niña, Alexandra. No hay niña más guapa -por dentro y por fuera- que ella.   El caso es que a sus 30 años, la vida, más puta que nunca, dio uno de esos golpes en la mesa que te dejan sin aliento, que aparecen para empujarte a un abismo donde ya no existe ni siquiera una salida de emergencia.

A María se le acababa la vida.

Y digo se le acababa, porque para mi, era tal y como lo sentía mientras la escuchaba. Qué jodido el olvido. Su madre se había quedado totalmente dependiente, vivían a las afueras de la ciudad, en un lugar rodeado de árboles y flores.  De repente la vida de María se había reducido a salir a comprar el pan y, como mucho, dar un paseo una calle más arriba. Eso y cuidar de su madre. Cuidarla como nadie. Recordar por dos. Hablarle de todo. Entregarle su tiempo, su esfuerzo, su sonrisa, sus ganas, sus días. Y no nos olvidemos, 30 años. Dejar el trabajo, dejar a la gente, dejar sus rutinas, dejarlo absolutamente todo. Por y para ella. 

Y todavía me emociono cuando la recuerdo agarrando a su madre, os juro que no podía entender de dónde sacaba tantísima fuerza para sostenerla. Fuerza y un amor que no podía ser más inmenso.

Todos esos besos y caricias en una piel sin recuerdos.

Era una sacudida emocional, una sucudida emocional ir a su casa.


María creó su propio espacio, su refugio, su paz. Vida y color con plantas y flores. Podría haber detenido el tiempo paseando con ella,robarle su pena y devolver esperanza, un todo llegará. Un volver a reír. 



Os juro que he llorado en cada concierto escuchando Rosa y Manuel. Esa canción era para María. Y la he cantado y llorado a gritos. Certeza de lo injusta y perra que es la vida. Y qué duro el olvido. El caso es que después de unos quince años -algo más- , la abuela de Alex se fue. Se fue su abuela, también su abuelo. De repente, una casa de 4 -a veces cinco- volvía a ser de dos. Y pensé en María. Volver a la vida, volver a empezar.  Pensé en María y su jardín. 

Hace menos de un mes volví a llamar a su puerta. Hacía muchos años que nos nos veíamos. Su hija en Tenerife y yo siempre en cualquier sitio. Me volvió a abrazar como aquella vez. Pero esta vez, esta vez su mirada era luz. Toda ella era sonrisa, era unas ganas de vivir, aprender y hacer que no sabría explicaros. Ahora sí, ahora le tocaba a ella. 
María había vuelto a la vida. Había vuelto a estudiar, a trabajar. María hablaba y recordaba su historia llenísima de paz, de paz y amor. Y su única culpa -si es que se puede hablar de culpa- fue querer hasta rabiar. Querer de una forma que no todos sabemos. Querer hasta el alma. Y cuidarle la vida, el recuerdo y la piel a quién le dio la suya. 

 

 

 

 

 

 

 

Me subí al coche y lloré. 

María volvía a reír. 

Xabier González, Santiago de Compostela


 



Hay personas que están aquí
para cambiar el mundo.



Para contagiarlo de magia y
crear de él un lugar mejor.
 

Xabi marcó una época de mi vida.
Marcó Santiago y marcó ser
una de las cosas más bonitas
que la universidad pudo darme.


Las ganas, la constancia, el luchar
por lo que de verdad uno cree.


El dejarse el corazón y el alma
en que todo cambie.


El romper muros para encontrar
la parte más humana que hay en cada piel.
 


Es magia, es abrazo

y es quien me dijo una vez que

SER FELIZ ES UNA DECISIÓN.