Charo era una de esas mujeres que no sabía ni quería pasar desapercibida. Decía que lo suyo era trepar por los árboles, coger su bici desde Pozuelo hasta Madrid y escaparse de la escuela tantas veces como fuera posible. Tú le dabas un lienzo y ella te pintaba los días. Sus manos manchadas de colores al óleo. El sonido de lluvia golpeando la uralita y su silencio cuidándote la vida. El olor a aguarrás, el sabor de un puré recién hecho. Ese arte tan suyo de hacer y reír lo que le daba la gana. 
Era una niña. Una niña que nunca quiso hacerse mayor.
Una niña de guerra -como ella decía-
Y también, la mujer y el amor de mi vida.